Amorós, M. Salvador Allende ante el mundo

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Salvador Allende ante el mundo

Por Mario Amorós.

El 26 de junio se conmemorará el centenario del nacimiento de Salvador Allende, fundador del Partido Socialista de Chile (1933), diputado (1937-1939), ministro de Salubridad del presidente Pedro Aguirre Cerda (1939-1941), senador (1945-1970), candidato presidencial de la izquierda entre 1952 y 1970 y Presidente de la República entre el 3 de noviembre de 1970 y el 11 de septiembre de 1973.

Su trayectoria política recorrió medio siglo de la vida chilena y se distinguió por su apuesta por unir al conjunto de la izquierda en torno a un programa de transformaciones revolucionarias para construir en Chile una sociedad socialista en “democracia, pluralismo y libertad”.

Pero Allende jamás perdió de vista el contexto internacional de un tiempo histórico que estuvo marcado inicialmente por el ascenso del nazifascismo en Europa, la guerra civil española, la Segunda Guerra Mundial, la consolidación de los regímenes estalinistas en Europa del Este, la Revolución China y el inicio de los procesos de descolonización del Tercer Mundo, las sucesivas intervenciones militares de Washington en América Latina, la Revolución Cubana y la guerra de Vietnam.


Condena de los crímenes nazis

El 26 de noviembre de 1938, Salvador Allende suscribió junto a otros 75 parlamentarios chilenos un telegrama enviado a Adolf Hitler en protesta por los crímenes contra los judíos cometidos en la “noche de los cristales rotos”, dos semanas antes: “En nombre de los principios que informan la vida civilizada, consignamos nuestras más vivas protestas por la trágica persecución de que se hace víctima al pueblo judío en ese país y formulamos votos por que su Excelencia haga cesar tal estado de cosas y restablezca para los israelitas el derecho a la vida y a la justicia…”.

Si repudió los primeros crímenes del nazismo, también participó en la acogida a los más de dos mil republicanos españoles que llegaron a Valparaíso el 4 de septiembre de 1939 a bordo del Winnipeg, en un viaje organizado por Pablo Neruda, designado Cónsul Especial para la Inmigración Española por el presidente Aguirre Cerda. Como miembro del Comité de Ayuda a los Refugiados Españoles, Allende asistió a varios actos de solidaridad con los pasajeros del Winnipeg y con el tiempo algunos de ellos, como el destacado pintor José Balmes o Víctor Pey, se convirtieron en grandes amigos suyos.

Al mismo tiempo, la condena de la dictadura franquista estuvo presente en su discurso político hasta el final de su vida. Así, por ejemplo, el 12 de septiembre de 1945, al intervenir en el Senado para fijar su posición frente a la Carta de las Naciones Unidas, recordó la complacencia de la mayor parte de los parlamentarios de la derecha con las potencias del Eje y con el fascismo en la guerra civil española y expresó su deseo de que la derrota del totalitarismo en Europa alcanzara también a España: “Nuestro Gobierno y ciertos políticos no quieren recordar que la guerra comenzó en España; que la revuelta de Franco, apoyada por las potencias del Eje, fue el primer estallido de la conflagración internacional.

Esta guerra debe terminar en España y con la instauración de un régimen de acuerdo con la voluntad soberana del pueblo español. ¡Ah, si recordáramos la defensa que se ha hecho del régimen franquista; si repitiéramos las palabras que han pronunciado en este honorable Senado los senadores de derecha y las que pronunciaron en la honorable Cámara los diputados de esta combinación política…”.


Rechazo del estalinismo

Uno de los discursos que mejor definen sus posiciones políticas fue el que pronunció el 18 de junio de 1948 en el Senado para explicar la oposición de su partido al proyecto de Ley de Defensa Permanente de la Democracia impulsado por el Gobierno del presidente Gabriel González Videla para perseguir a los comunistas. Allende defendió el derecho de los comunistas a participar en la vida política con los mismos argumentos que habría empleado –precisó- para preservar la misma opción para los conservadores o los socialcristianos.

Asimismo, resaltó las diferencias doctrinarias que le distanciaban de aquéllos, principalmente la adhesión acrítica a la Unión Soviética y la defensa de la dictadura del proletariado3: “El Partido Socialista no propicia la dictadura del proletariado, aunque estima necesaria una dictadura económica en la etapa de transición que lógicamente hay que vivir para pasar de la sociedad capitalista a la socialista. He sostenido y sostengo que el marxismo es un método para interpretar la historia; no es un dogma ni algo inmutable falto de elasticidad”.

Tampoco renunció a referirse, en los inicios de la guerra fría, a las dos potencias hegemónicas y a los principios fundamentales que distanciaban a los socialistas chilenos de una URSS en pleno periodo estalinista, pero también con su imagen renacida ante el mundo por el monumental sacrificio de los pueblos soviéticos en la victoria frente al nazismo:

“Sólo quiero destacar en forma muy somera que, a nuestro juicio, el mundo entero oscila entre la Rusia soviética, por un lado, y el capitalismo norteamericano, por otro. Los socialistas chilenos, que reconocemos ampliamente muchas de las realizaciones alcanzadas en Rusia Soviética, rechazamos su tipo de organización política, que la ha llevado a la existencia de un solo partido, el Partido Comunista. No aceptamos tampoco una multitud de leyes que en ese país entraban y coartan la libertad individual y proscriben derechos que nosotros estimamos inalienables a la personalidad humana: tampoco aceptamos la forma en que Rusia actúa en su política expansionista. Innecesario me parece, insistir en las razones que nos mueven a rechazar también la acción del capitalismo norteamericano, fundamentalmente su penetración imperialista, y he hecho yo notar los vacíos, las injusticias y las fallas del régimen capitalista en el transcurso de mi intervención”.


Hungría y Guatemala

En los meses finales de 1956, Allende tuvo dos oportunidades para pronunciarse por el principio de la libre autodeterminación de los pueblos. Respecto a la invasión soviética de Hungría, abogó una vez más en el Senado por un socialismo de bases libertarias:

“Lo que ocurre en Hungría no puede sernos extraño ni dejar de interesarnos desde un punto de vista humano y social. La experiencia vivida por la humanidad en estos días reafirma lo que hemos venido sosteniendo en cuanto a que los principios socialistas pueden y deben buscar los cauces de superación y reemplazo del capitalismo de acuerdo con las características de cada país.

Es evidente el fracaso de todas las tendencias que han creído que los regímenes políticos pueden ser trasplantados o impuestos sobre los pueblos. No hay pueblo que acepte el colonialismo mental o espiritual y, tarde o temprano, su lucha emancipadora buscará sus legítimos y propios derroteros.

Sin discusión, los errores en que se ha incurrido en Hungría han provocado una reacción que ha llegado a convertirse, por desgracia, en una verdadera guerra civil. Nosotros, que somos partidarios de la autodeterminación de los pueblos, no podemos dejar de expresar claramente nuestra palabra condenatoria de la intervención armada de la Unión Soviética en Hungría. Ni aun con el pretexto de aplastar un movimiento reaccionario que significara la limitación de las conquistas sociales o económicas que pudiera haber alcanzado el pueblo húngaro y la vuelta a formas políticas caducas, justificaríamos nosotros la intervención de una potencia extranjera. Y mantenemos esta actitud cualquiera que sea el país de que se trate”.

El 4 de diciembre de 1956, desde la tribuna del Senado, defendió las reformas que el presidente Jacobo Arbenz (derrocado por un golpe militar orquestado por la CIA) había intentado desarrollar:

“¡Decir que Guatemala tuvo un gobierno comunista! ¿Por qué? ¿Se nacionalizaron las industrias? ¿Se expropió la tierra en su integridad? ¿Se terminó con la propiedad privada? No, señor Presidente. Entonces ¿qué razones se tienen? ¿Acaso no existía un Parlamento elegido por el pueblo y un Poder Judicial autónomo? (…) Bastaría un soplido de Estados Unidos para que las dictaduras del Caribe desaparecieran. (…)

Desde el punto de vista económico, conviene a los intereses norteamericanos, porque esos gobiernos son los que más entregan a sus países, son los gobernantes más antipatriotas. Estas dictaduras son la expresión más corrompida y antinacional. Recordemos cómo Nicaragua ha concedido ad eternum derecho a los Estados Unidos para que pueda partirla con un nuevo canal. Y, por eso, en todos estos pueblos en que ha habido dictaduras, los grandes intereses imperialistas han sacado todas las ventajas: en el banano, en el algodón, en el café, en el petróleo, en el cobre, en las caídas de agua…”.


Santo Domingo

En abril de 1965, Estados Unidos invadió la República Dominicana para derrocar al gobierno constitucional del presidente Juan Bosch y contribuir a implantar el régimen represivo de Joaquín Balaguer. Fuerzas militares de otros países latinoamericanos, bajo el paraguas de la Organización de Estados Americanos (OEA), participaron en una agresión que fue condenada por el Gobierno chileno de Eduardo Frei. El 5 de mayo de aquel año, en el Senado, Salvador Allende expresó su apoyo a la posición mantenida por La Moneda y leyó los dos telegramas enviados por los cinco senadores socialistas a Lyndon Johnson, presidente de Estados Unidos, y a U. Thant, secretario general de la ONU.

A Johnson le señalaron: “Su gobierno debe respetar la soberanía y la autodeterminación de los pueblos. El gobierno de Estados Unidos no puede arrogarse el derecho de controlar a la América Latina. Las tropas norteamericanas deben acabar con la invasión iniciada contra Santo Domingo suspendiendo de inmediato todo atentado contra su pueblo. Por respeto a la humanidad entera debe suspenderse la intervención norteamericana unilateral y desechar toda posible intervención colectiva contra el pueblo dominicano. La actitud de su gobierno atenta contra la independencia del pueblo dominicano, pisotea su dignidad, pone en peligro la existencia de millares de seres humanos y humilla a toda la América Latina. Por respeto a los héroes de la independencia de los Estados Unidos termine usted con este atentado contra la independencia de la República Dominicana”.

Y al máximo responsable de la ONU le expresaron: “El gobierno de los Estados Unidos ha lanzado una invasión armada contra la República Dominicana. El atentado vulnera la independencia del país atacado y pone en peligro la existencia de millares de seres humanos. La intervención armada se ha consumado sin que hasta ahora exista una condenación categórica de la ONU. Es el caso típico de la gran potencia que aplasta por la fuerza un pequeño país. El silencio ante este atentado constituye una humillación para todos los seres humanos. Los hombres libres de nuestra patria piden que la ONU contenga a los Estados Unidos”.


Praga y Vietnam


Si en noviembre de 1967 había presidido la delegación del Partido Socialista de Chile invitada a la conmemoración del 50º aniversario de la Revolución de Octubre y en febrero de 1968 elogió en el Senado el apoyo soviético al pueblo vietnamita, el 21 de agosto de 1968, cuando los tanques del Pacto de Varsovia aún ocupaban Checoslovaquia, Allende se refirió en el Senado a unos hechos que en sus propias palabras tenían capital importancia para “el movimiento socialista mundial:

“Lo que ocurre constituye una cuestión de extrema gravedad para las relaciones de los Estados socialistas y también para el movimiento socialista mundial. La dimensión inmediata de los hechos actuales se torna bastante difícil de enunciar y, nos parece obvio, su apreciación se hace aún más complicado en cuanto a las consecuencias futuras. Caben dos alternativas: Checoslovaquia pidió, de acuerdo con el Pacto de Varsovia, la intervención de los países signatarios. Esto reflejaría que, en el interior de Checoslovaquia, la contrarrevolución era suficientemente fuerte y poderosa como para poner en jaque al gobierno. En todo caso, ni aún así aceptamos la intervención armada. O no la solicitó y se ha producido lo que en este instante preocupa a Chile y al mundo: la ocupación de Checoslovaquia por las fuerzas armadas de cinco países socialistas”.

Una vez más, defendió el principio de libre autodeterminación de los pueblos y subrayó que el aplastamiento de la Primavera de Praga era un duro golpe para los movimientos populares que luchaban por el socialismo:

“Si nos atenemos a las informaciones de prensa, es indiscutible, para nosotros, que lo que acontece constituye una violación a los principios de no intervención y autodeterminación. Creemos en el internacionalista proletario, en la solidaridad de los países que usan el mismo lenguaje doctrinario; pero lo que ha sucedido es muy diferente. Afirmamos rotundamente que cada pueblo, sea socialista o no lo sea, debe resolver sus propios problemas. Por eso, condenamos enérgicamente la intervención armada de los signatarios del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia. Ha sido atropellada la soberanía de este país. Además, políticamente es un serio traspiés que golpeará rudamente a los movimientos populares. La reacción y el imperialismo harán un inmisericorde explotación de este hecho doloroso. Estamos en desacuerdo con el procedimiento puesto en práctica y destacamos nuestra autoridad moral para censurarlo, porque no hemos callado jamás. Igual denuncia hicimos en el caso de Hungría. Pero los que hoy se regocijan por lo que sucede en el campo socialista y muchos de los que aquí rasgan sus vestiduras, callaron cuando ocurrió lo de Playa Girón, lo de Santo Domingo y lo de Guatemala”.

En agosto de 1969 viajó a Corea del Norte y Vietnam, en medio de los bombardeos norteamericanos. Junto con la defensa de la Revolución Cubana, la lucha del pueblo vietnamita por la independencia nacional y el socialismo estuvo presente en su discurso político desde mediados de los años 60 hasta sus últimos días.

El 6 de febrero de aquel año había ensalzado en el Senado la gesta de Ho Chi Minh y sus compañeros:

“En diversas oportunidades nos hemos referido en el Senado a este problema y hemos dicho que la lucha librada en Asia por ese pueblo, centenaria o milenariamente agredido, no es sólo la batalla de quienes pelean en su propio seno por su independencia económica, sino la expresión del combate frontal contra el imperialismo, que debe repercutir en nuestros países; hemos señalado que, si bien aparentemente tenemos libertad política, estamos sometidos a la tiranía y a una brutal presión económica y que dicha libertad política es una gran farsa. Por tal motivo, no puede haber fronteras para los países en vías de desarrollo en esta lucha común. El heroísmo del pueblo vietnamita es un ejemplo de ello. Los patriotas vietnamitas luchan por ellos mismos y también por la libertad de todos los países oprimidos en los distintos continentes”.

“En verdad, constituye una maravillosa lección poder comprobar que un pueblo pequeño, de economía agraria, que durante toda su historia ha debido derrotar a invasores, que prácticamente -podría afirmarse sin exagerar- ha vivido cientos de años con las armas en la mano, que hace tan sólo cinco o seis años tuvo la audacia creadora de derrotar al imperialismo francés y señalar el camino de su independencia, haya resistido primero y derrotado después al país capitalista más poderoso, que dispone de la técnica bélica más desarrollada y que no se ha detenido ante nada, empleando a veces procedimientos absolutamente proscritos por los conceptos más elementales de humanidad para destruir no sólo al hombre, sino también la economía del pueblo vietnamita. Así es como ha utilizado gases venenosos con los cuales asesina a poblaciones civiles y, además, destruye la posibilidad de la tierra de poder germinar y entregar sus frutos para las generaciones futuras”.


Buena vecindad

El 4 de septiembre de 1970 Salvador Allende, candidato de la Unidad Popular (una coalición liderada por comunistas y socialistas, pero que agrupaba también a radicales, cristianos de avanzada y otros grupos menores), se impuso en las elecciones presidenciales con el 36,2% de los votos. El 24 de octubre el Congreso Nacional ratificó su victoria,con el apoyo decisivo de la Democracia Cristiana, y el 3 de noviembre se convirtió en Presidente de la República.

El programa de la Unidad Popular señalaba que su política internacional se concentraría en “afirmar la plena autonomía política y económica” del país y mantendría relaciones con todos los gobiernos del planeta, con independencia de su adscripción ideológica, desde los principios del respeto a la independencia y la soberanía de cada nación, incluido Estados Unidos.

La UP también se comprometió a procurar unos vínculos especiales de solidaridad con los “pueblos dependientes o colonizados, en especial aquéllos que están desarrollando sus luchas de liberación e independencia”, con un especial apoyo moral a la Revolución Cubana, a “la lucha heroica del pueblo vietnamita” y a “la lucha antiimperialista de los pueblos de Oriente Medio”. Asimismo, reforzaría “las relaciones, el intercambio y la amistad con los países socialistas” y en el ámbito continental propugnaría una política de afirmación de la personalidad latinoamericana en el concierto mundial.

Muy pronto el Gobierno de Allende empezó a aplicar sus principios en el marco de las relaciones internacionales. El 11 de noviembre de 1970 el Presidente se dirigió al país por radio y televisión para anunciar el restablecimiento de las relaciones diplomáticas, consulares, comerciales y culturales con Cuba, interrumpidas por el entonces presidente Jorge Alessandri en 1964 a instancias de la Organización de Estados Americanos (OEA):

“Nunca me cupo duda de que la suspensión de las relaciones con Cuba, y las demás medidas tomadas en su contra por la OEA, no sirven a los intereses de la paz y de la amistad entre países en la forma que lo prescribe la Carta de las Naciones Unidas. Que entorpecen, además, el normal desarrollo de las relaciones que deben existir entre los pueblos y entre los gobiernos de América Latina con la finalidad de afianzar su independencia política y económica y asegurarle el lugar a que tienen derecho en la comunidad de Estados. Que desconoce la libre determinación de los pueblos, que es la más sólida garantía de los países medianos y pequeños. Este principio, aceptado por todos en forma irrestricta y unánime, está consagrado en la Carta de las Naciones Unidas. La Asamblea General, que celebra su vigesimoquinto aniversario, acaba de reiterarlo al reafirmar los principios que rigen la organización mundial, junto con los que salvaguardan la no intervención”. Las relaciones con Argentina fueron prioritarias, no sólo por la importancia del intercambio comercial entre ambos países, sino por los conflictos derivados de la delimitación fronteriza, reavivados desde 1958 y potencial fuente de conflictos.

Desde 1967, las posiciones se habían aproximado en torno a uno de los últimos puntos en litigio en la extensa frontera compartida: las islas del Canal Beagle. Por otra parte, desde 1966 el país vecino estaba gobernado por regímenes militares que junto con la dictadura brasileña podrían conformar un frente unido contra el Chile que pretendía avanzar hacia el socialismo.

La diplomacia chilena, dirigida por el canciller Clodomiro Almeyda, fue capaz de construir unas relaciones de “coexistencia pacífica” con Argentina, presidida desde marzo de 1971 por el general Lanusse, quien invitó a Allende a celebrar una entrevista en suelo argentino que finalmente tuvo lugar los días 23 y 24 de julio de aquel año en Salta. En esta ciudad norteña suscribieron una importante declaración que ratificó el compromiso compartido de someterse al arbitraje británico para la resolución del conflicto fronterizo, acordado aquellos días en Londres.

En Argentina, el Presidente Allende fue recibido con gran entusiasmo y expectación, vitoreado en todos los lugares que visitó y alabado de manera casi unánime por todas las fuerzas políticas, un reflejo fiel de su enorme prestigio en América Latina. En su discurso durante la cena que le ofreció Lanusse, defendió la “vía chilena al socialismo”:

“A través del Gobierno Popular que presido, Chile construye una economía humana e independiente, inspirada en los ideales socialistas. Queremos reestructurar la sociedad chilena en términos de justicia y libertad para lograr un desarrollo nacional auténtico; es decir, al servicio del pueblo trabajador.

Importante paso en nuestra ruta es la reforma constitucional, aprobada por unanimidad en el Congreso, que permite al Estado recuperar sus riquezas naturales. Tomada ya posesión de la gran minería del cobre, fundamento de nuestra economía, podremos acometer en íntima colaboración con los países hermanos, empresas significativas destinadas a promover nuestro desarrollo acelerado, liberándonos de voluntades hegemónicas contrarias a los intereses superiores de Hispanoamérica”.

Aquella noche del invierno austral de 1971, el Presidente Allende planteó la necesidad de que las naciones latinoamericanas avanzaran hacia una progresiva integración en terrenos como la educación, la economía, el arte o la ciencia:

“No concebimos conflicto armado entre latinoamericanos. En cambio, nos amenazan catástrofes de otro tipo, desatadas por las fuerzas naturales, y deseamos crear un sistema común que permita enfrentarlas solidariamente. Insistiremos en todo aquello que una a nuestros pueblos. Desde elaborar textos que enseñen la misma historia y establecer empresas mixtas bilaterales y multilaterales, hasta organizar un régimen común de seguridad social. El arte y el pensamiento del hombre americano han de difundirse libremente por nuestro continente. Los científicos deben tener iguales garantías. Es la nuestra una época de vertiginoso avance tecnológico. De nuevos valores humanos. De una rebelde juventud. Es preciso no olvidarlo. Alguna vez se establecerá el estatuto del hombre americano. Y un día llegaremos, manteniendo la propia nacionalidad, a la nacionalidad latinoamericana”.

Apenas un mes medio después, viajó a Perú, un país con el que las relaciones habían sido muy tensas desde la Guerra del Pacífico, pero que desde 1968 estaba gobernado por el general nacionalista Juan Velasco Alvarado con una política progresista.

El 1 de septiembre llegó a Lima como última etapa de su viaje por los países del Pacto Andino (Ecuador, Colombia),con la excepción de Bolivia, donde el general Hugo Bánzer acababa de dar un golpe de estado. Su visita evidenció la coincidencia con la que ambos gobiernos hablaban de la transformación del orden económico mundial, de la superación de la dependencia de los países subdesarrollados y de la necesaria nacionalización de los recursos naturales. Por primera vez en casi un siglo ambas naciones mantuvieron relaciones de amistad.

Una política exterior “no alineada”. En aquel mes de septiembre de 1971, el Gobierno de la Unidad Popular integró a Chile en el Movimiento de Países No Alineados, cuyo origen se remonta a la histórica Conferencia de Bandung (Indonesia, 1955) y que fue impulsado principalmente por el presidente indio Nehru, el egpicio Nasser y el mariscal yugoslavo Tito a partir del rechazo a los esquemas de la guerra fría y la política de bloques seguida por Estados Unidosy la Unión Soviética. Chile participó de manera activa en dos conferencias de los No Alineados, la última de ellas en septiembre de 1973 en Argel, de donde el canciller Almeyda regresó horas antes del golpe de estado.

Otro de los hitos fue la celebración en Santiago de la Tercera Conferencia Mundial de Comercio y Desarrollo (UNCTAD), en abril de 1972, en el emblemático Edificio Gabriela Mistral, construido para este evento en la Alameda en tiempo récord por la conciencia de la clase obrera.

En su discurso de inauguración, el Presidente subrayó que aquella Conferencia debía promover un cambio en las reglas de la economía internacional:

“La Conferencia que hoy se inicia tiene como misión fundamental poner en marcha lo más esencial de los objetivos y compromisos de la Estrategia Internacional para el Segundo Decenio del Desarrollo. Ellos son sustituir un orden económico-comercial caduco y profundamente injusto por uno equitativo que se funde en un nuevo concepto del hombre y de su dignidad y reformular una división internacional del trabajo intolerable para los países retrasados, porque detiene su progreso, mientras favorece únicamente a las naciones opulentas.

Para nuestros países ésta es una prueba suprema. No seguiremos aceptando con el nombre de cooperación internacional para el desarrollo un pobre remedo de lo que concibió la Carta de las Naciones Unidas. Los resultados de la Conferencia nos dirán si los compromisos asumidos en la Estrategia Internacional para el Segundo Decenio respondieron a una auténtica voluntad política o fueron sólo un expediente dilatorio para mitigar la presión de los países del Tercer Mundo”

En su extensa intervención, se refirió al peligro de que la reestructuración de los sistemas monetario y comercial internacionales se llevara a cabo de nuevo “sin la plena y efectiva participación de los países del Tercer Mundo”, criticó la injusticia de una deuda externa que yugulaba las posibilidades de desarrollo de estas naciones, así como las presiones para impedirles el ejercicio del derecho a disponer libremente de los recursos naturales y abogó por su acceso a la tecnología y, en definitiva, por “una economía mundial solidaria”:

“La presente coyuntura internacional es favorable para intentar transformar el orden económico. Quizás este juicio es demasiado optimista, pero la verdad es que los acontecimientos internacionales de las últimas décadas han venido acumulando factores que terminaron por cristalizar como una nueva oportunidad. La característica más notable es la posibilidad que se le ofrece al mundo de una relación más digna, sin sumisión y sin despotismos. Hay entendimiento entre las potencias mundiales capitalistas; hay coexistencia y diálogo entre éstas y las socialistas. ¿Puede darse algo semejante entre los antiguos países colonialistas e imperialistas, por un lado, y los pueblos dependientes por el otro? El futuro dirá si nosotros, pueblos del Tercer Mundo, conquistaremos el reconocimiento de nuestros derechos en la reestructuración del intercambio internacional y la instauración de relaciones justas para todos”.

El 24 de octubre de 1970 la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó esta iniciativa, por la que “los gobiernos reafirman que se dedicarán por entero a alcanzar los objetivos fundamentales enunciados hace veinticinco años en la Carta de las Naciones Unidas de crear condiciones de estabilidad y de bienestar y de asegurar un nivel de vida mínimo compatible con la dignidad humana mediante el progreso y el desarrollo económicos y sociales”. La Asamblea General constató que, a pesar de que en 1961 se había lanzado el Primer Decenio de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el nivel de vida de la mayor parte de la población del planeta continuaba siendo “lastimosamente bajo”.


Una voz del Tercer Mundo

Su gira exterior más importante se inició el 30 de noviembre de 1972 y le condujo a México, la sede de Naciones Unidas en Nueva York, la Unión Soviética (con escala previa en Argelia) y Cuba. En México, un país con el que Chile mantuvo por primera vez una estrecha relación debido al gran interés que despertó allí la “vía chilena al socialismo”, Salvador Allende fue recibido de nuevo por grandes multitudes en todos los lugares que visitó.

El 1 de diciembre por la mañana depositó una ofrenda floral en la Columna de la Independencia, en el Hemiciclo a Juárez y en el Monumento a la Revolución, donde reposan Francisco Madero, Venustiano Carranza, Plutarco Calle y Lázaro Cárdenas.

Por la tarde, pronunció un discurso ante el Congreso Nacional en el que agradeció el recibimiento que le había dispensado el pueblo mexicano, evocó su amistad con el general Cárdenas y expuso las líneas esenciales de la Revolución Chilena:

“Presido un Gobierno que no es un gobierno socialista, pero que abre y abrirá sin vacilaciones el camino al socialismo, dentro del pluralismo, la democracia y la libertad. Las bases políticas de mi Gobierno están afianzadas con la presencia en él de los partidos que lo integran, laicos, marxistas y cristianos, que se han comprometido ante la conciencia popular y ante su propia conciencia a hacer posibles las grandes transformaciones que permitan estructurar una economía al servicio del hombre y de las mayorías nacionales.

Para ello, hemos tenido que herir intereses poderosos, fundamentalmente los extranjeros, y los intereses nacionales de los monopolios, el latifundio y la banca. Por eso nos combaten. (…) Para nosotros, la revolución no es destruir, sino edificar, no es arrasar, sino levantar formas distintas de convivencia de las mayorías nacionales en un esfuerzo y en tareas que pertenecen a Chile, a su destino. (…) Por eso es que tienen vigencia, sabiendo quienes son nuestros amigos y nuestros enemigos, las palabras que anticipó Juárez: "El triunfo de la reacción es moralmente imposible”.

De México, tras pronunciar también su recordado discurso también en la Universidad de Guadalajara, el Presidente y su comitiva viajaron a Nueva York.

La tarde del 3 de noviembre Allende recibió al embajador de Nixon ante Naciones Unidas, George Bush, en un diálogo en el que Orlando Letelier (embajador chileno en Estados Unidos) cumplió las funciones de traductor.

Por la costumbre de entregar a todas las delegaciones nacionales representadas en la ONU el discurso con antelación, Bush ya conocía el contenido de lo que expondría Allende al día siguiente y por ello le pidió que retirara algunos párrafos que suponían un agravio a su gobierno y a su pueblo o, de lo contrario, no estarían presentes durante su discurso.

Pero, según el doctor Óscar Soto (testigo directo del encuentro), el Presidente le corrigió al afirmar que sus críticas se dirigirían a las multinacionales estadounidenses y a la CIA y puso fin al encuentro con un saludo.

Después de intervenir ante la Asamblea General de Naciones Unidas y una breve escala en la Argelia de Boumedienne (entonces uno de los miembros más activos del Movimiento de Países No Alineados), Allende llegó a Moscú invitado por el Gobierno soviético.

En el transcurso de su visita oficial a la URSS entre el 6 y el 9 de diciembre, se entrevistó con Breznev y las más altas autoridades, depositó sendas ofrendas florales junto al mausoleo de Lenin y en la tumba del Soldado Desconocido, fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Moscú M. V. Lomonosov y visitó Kiev, capital de Ucrania.

En su discurso en la cena ofrecida en su honor en el Kremlin, evocó su primer viaje, en 1954, y destacó que era el primer presidente chileno que visitaba este inmenso país. Ante los dirigentes comunistas soviéticos, elogió la ayuda soviética al pueblo vietnamita, destacó las buenas relaciones que su Gobierno mantenía con la URSS y el resto de países de la “comunidad socialista” y defendió la revolución chilena en “democracia, pluralismo y libertad”.

La última etapa fue Cuba, donde la noche del 13 de diciembre pronunció un discurso en la Plaza de la Revolución horas antes de regresar a Chile. Allí, en el corazón de La Habana, evocó su apoyo solidario a la Revolución Cubana:

“He vivido junto a ustedes acontecimientos que no podré olvidar: la hora del triunfo –enero de 1959-; llegué pocas horas después de Playa Girón, donde el pueblo cubano derrotara, aplastara, diera una lección de heroísmo al derrotar a los cubanos contrarrevolucionarios, agentes del imperialismo. Estuve en esta misma plaza en 1962, cuando se hiciera la Segunda Declaración de La Habana… (…) He visto desde sus horas iniciales el largo, duro y sacrificado camino que ha andado el pueblo de Cuba, venciendo el bloqueo económico, derrotando la insolencia imperialista, afianzando su conciencia revolucionaria y consolidando su conciencia política. Lo he visto haciendo producir la tierra, levantando escuelas, trazando caminos, atendiendo a los enfermos, empujando su economía. Por sobre los esfuerzos que implicaba luchar por una zafra más alta y mejor, por sobre el sacrificio está el ejemplo, el ejemplo de un pueblo que señala al mundo una nueva moral, que dice a América Latina que hay un lenguaje en la ética revolucionaria que pueblo y dirigentes conjugan”.

Destacó también el significado de la visita de Fidel Castro a su país un año atrás y las conquistas de la Revolución Chilena, al tiempo que ensalzó la lealtad constitucional de las Fuerzas Armadas de su país: “Hemos dicho que el pueblo no busca ni quiere la violencia. Hemos hecho entender que la violencia está institucionalizada en el régimen capitalista, que golpea implacablemente a las masas populares. (…) Sentimos la violencia que quisieron desatar –hasta llevarnos a una posible guerra civil- los bastardos intereses de las empresas transnacionales como la ITT y llegaron en sus tenebrosas maquinaciones a asesinar al comandante en jefe del ejército, general René Schneider. Fue el pueblo, la clase obrera, fueron las masas populares chilenas las que se movilizaron para defender su victoria. No la victoria de un hombre: la victoria esperada de un pueblo. Fue la lealtad ejemplar de las Fuerzas Armadas de mi patria, fuerzas profesionales, respetuosas de la voluntad popular, las que aplastaron la insolencia imperialista y a la propia reacción chilena”.

En 1971 y 1972, Chile había obtenido cerca de 80 millones de dólares en créditos a corto plazo de instituciones financieras controladas por la Unión Soviética y durante aquel viaje el gobierno de Allende logró otros 20 millones de dólares de libre disponibilidad y 27 más para la compra de materias primas y alimentos, cantidades muy por debajo de las expectativas de la comitiva chilena.

El 21 de mayo de 1973, en su tercer Mensaje al Congreso Pleno, volvió a caracterizar la política exterior de su gobierno, que había obtenido resultados muy meritorios:

“Si en el curso de los dos años y medio transcurridos el Gobierno ha llevado a cabo su anunciada política de transformaciones en la estructura económico-social interna, de modo paralelo se ha modificado sustancialmente la naturaleza de nuestras vinculaciones internacionales. Se ha terminado la subordinación de la política exterior a las grandes líneas de la estrategia mundial del imperialismo norteamericano. Hoy responde exclusivamente a los intereses de nuestro pueblo y de la patria.

Nuestra política internacional proyecta la naturaleza de la política interna. Si dentro de Chile nos hemos esforzado por hacer compatible el avance del proceso revolucionario con el pluralismo, más allá de nuestras fronteras nos hemos propuesto mantener relaciones con todos los pueblos del mundo, sin exclusivismo ideológico.

Ello nos ha llevado a reconocer diplomáticamente la realidad de muchos países, estableciendo relaciones de amistad y cooperación”.

“Sin embargo, la recuperación de las riquezas básicas nos ha enfrentado a las manifestaciones más desembozadas de la codicia imperialista. Al mismo tiempo, nuestra resuelta identificación con la defensa de los intereses de los pueblos de Latinoamérica ha incentivado la solidaridad de los países hermanos hacia Chile. Las naciones del Tercer Mundo han expresado reiteradamente su respaldo a los esfuerzos que hacemos por obtener la independencia económica y política. (…) Hoy podemos comprobar el respeto, amistad y solidaridad de que gozamos en la gran mayoría de las naciones.

En un período en que la distensión de las relaciones internacionales, el desarme y la coexistencia pacífica se abren camino entre los Estados más poderosos, nuestra política internacional actúa dentro de ese contexto.

Buscamos que la paz y la colaboración se extiendan a los pueblos de América Latina, Asia y África. Reclamamos que un nuevo tipo de relaciones económicas se establezca entre las naciones del capitalismo industrial y las no desarrolladas”.

El 11 de septiembre el golpe de estado puso fin a aquel singular proceso revolucionario. La inmolación del Presidente Allende simbolizó el fin de una época en la vida chilena. El lugar de Chile en el mundo también cambió de manera radical: de ser un país admirado por su tradición democrática y su intento de construir el socialismo en libertad, se convirtió, debido a los atroces crímenes de la junta militar (entre ellos, la instauración del modelo neoliberal), en símbolo de la opresión de un pueblo. Pero la comunidad internacional no olvidó su sufrimiento: durante sus 17 años, la junta militar que presidió el general Pinochet fue condenada año tras año por la Asamblea General de las Naciones Unidas.

En los primeros días de 1959, después de la liberación de Santa Clara y de la entrada triunfal en La Habana de los guerrilleros de la Sierra Maestra, Salvador Allende se encontraba en :category:Venezuela|Venezuela para la asunción del poder por parte de su amigo Rómulo Betancourt y decidió viajar a Cuba, donde conoció a Fidel Castro, Ernesto Che Guevara y Camilo Cienfuegos.

En mayo de 1960, participó en Maracay (Venezuela) en el II Congreso Interamericano Pro-Democracia y Libertad junto con otros 250 delegados de las 21 repúblicas americanas. La revista venezolana Momento le escogió junto con otros siete “líderes continentales” y le sometió a un cuestionario de cinco preguntas. Interrogado sobre si América Latina vivía un “trance revolucionario” y en qué medida estaba influido por la Revolución Cubana, respondió de manera afirmativa:

“Lo demuestra el hecho de que hayan sido derrocados los dictadores de Perú, Colombia, Venezuela y Cuba. Además, porque existe conciencia en la mayoría de nuestros pueblos de que sólo sobre un cambio profundo en las estructuras institucionales será posible el desarrollo económico, la elevación del nivel de vida de las masas y el camino para la industrialización nacional. Cuba, a mi juicio, influye notablemente, lo cual no significa que con los mismos métodos y prospectos los pueblos americanos vayan a hacer lo mismo que se ha hecho en Cuba. Pero Cuba ha demostrado lo que es la Revolución Nacional, que tiene que ser, a mi juicio, antiimperialista y antifeudal.

Las revoluciones tendrán características propias en cada país, ya que en los pueblos de América Latina existen distintas etapas de desarrollo. Pero, siendo nacionales, estas revoluciones tienen que proyectarse en el ámbito continental.

Deben ser revoluciones humanas, en el sentido del respeto a la dignidad individual y colectiva, y democráticas, o sea, que expresen el sentimiento mayoritario”.

Salvador Allende siempre apoyó la Revolución Cubana, pero mantuvo su convicción de que en su país era posible avanzar hacia el socialismo por la “vía pacífica”:

“Aquéllos que pretenden calcar la Revolución Cubana, en sus procedimientos o métodos, cometen un error tremendo, y aquellos que pretendan ignorar su realidad y su proyección en el futuro son unos cretinos”.

El inolvidable discurso ante la ONU La mañana del 4 de diciembre de 1972 el Presidente Allende pronunció uno de los discursos más importantes de su vida al intervenir en el XXVII periodo de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Sus palabras, que motivaron a su conclusión una larga ovación del auditorio más importante del planeta, se iniciaron con una orgullosa referencia a la democracia chilena. En aquella tribuna defendió la nacionalización del cobre y denunció la agresión que su pueblo sufría de las multinacionales norteamericanas, en especial de las compañías cupríferas y la ITT, a la que acusó de pretender provocar una guerra civil, después de recordar su complicidad con el asesinato del general René Schneider, comandante en jefe del ejército, en octubre de 1970 al objeto de impedir su investidura presidencial.

Y aseguró que estas acciones las sufrían todos los países empobrecidos, en particular aquéllos que luchaban por disponer de los recursos naturales controlados por las transnacionales:

“La agresión de las grandes empresas capitalistas pretende impedir la emancipación de las clases populares. Representa un ataque directo contra los intereses económicos de los trabajadores. Señores delegados: el chileno es un pueblo que ha alcanzado la madurez política para decidir, mayoritariamente, el reemplazo del sistema económico capitalista por el socialista. Nuestro régimen político ha contado con instituciones suficientemente abiertas para encauzar esta voluntad revolucionaria sin quiebres violentos.

Me hago un deber en advertir a esta Asamblea que las represalias y el bloqueo dirigidos a producir contradicciones y deformaciones económicas encadenadas, amenazan con repercutir sobre la paz y convivencia internas. No lo lograrán. La inmensa mayoría de los chilenos sabrá resistirlas en actitud patriótica y digna”.

Expresó toda su solidaridad con América Latina y se mostró partidario de que, más allá de las “fronteras ideológicas”, estos países reforzaran sus relaciones políticas, económicas y culturales, se felicitó también por la mejora de las relaciones diplomáticas entre la URSS y Estados Unidos, por sus negociaciones en materia de desarme, y destacó otros hechos de la situación mundial, como las conversaciones entre las dos Alemanias o el regreso de China a Naciones Unidas, pero también expresó su preocupación por la situación en Oriente Medio, el asedio de Estados Unidos contra Cuba, la explotación neocolonial, la ignonimia del racismo y el régimen del apartheid en Sudáfrica o el volcán de Indochina, donde el pueblo de Vietnam aún padecía la “monstruosa” guerra de agresión norteamericana.

Su humanismo habló a los delegados de la necesidad de otro mundo, donde los dos mil millones de personas que entonces carecían de casi todo gozaran de una vida digna y plena: “La acción futura de la colectividad de naciones debe acentuar una política que tenga como protagonistas a todos los pueblos.

La Carta de las Naciones Unidas fue concebida y presentada en nombre de ‘Nosotros los Pueblos de las Naciones Unidas’. La acción internacional tiene que estar dirigida a servir al hombre que no goza de privilegios, sino que sufre y labora: al minero de Cardiff, como al fellah de Egipto; al trabajador que cultiva el cacao en Ghana o en Costa de Marfil, como al campesino del altiplano en Sudamérica; al pescador de Java, como al cafetalero de Kenia o de Colombia.

Aquélla debiera alcanzar a los dos mil millones de seres postergados a los que la colectividad tiene la obligación de incorporar al actual nivel de la evolución histórica y reconocerles ‘el valor y la dignidad de persona humana’, como lo contempla el preámbulo de la Carta”.


El autor es Doctor en Historia y periodista, autor del Compañero Presidente Salvador Allende, una vida por la democracia y el socialismo (Publicaciones de la Universidad de Valencia. Valencia, 2008). Artículo publicado en el número de junio de 2008 de Historia 16.

Fuente:Rebelion


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Esta página fue modificada por última vez el 27 de junio, 2008 a las 16:20.

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